Recuerdos de Villa Montes
Por Carlos Stehli. Esta foto de hace 40 años atrás, se la robé al cajón de los recuerdos. Muestra a la avenida Ayacucho en los trabajos iniciales para la reconfiguración que sufriría hasta tener el aspecto de hoy en día. En un conjuro al pasado, retorne a mis tiempos de niño en que vivía, con mi familia, frente a la Providencia. Recordé que, a lo largo de la avenida, entre dos calles de tierra que no eran más que un sendero con huellas hondas, existía un hermoso y frondoso bosque de toborochis, algarrobos, moras, tuscas y paraísos, que comenzaba, por el norte, desde el canal de riego (actual carretera perimetral a Tarija) hasta la calle que le decíamos “la del surtidor” (calle Avaroa) por el sur. Era un bosque en que los chiquillos nos divertíamos cazando, con la honda, diferentes tipos de pájaros, chicharras, coyuyos y por las noches, con un tizón en una mano, y en la otra la camisa, Curucusis que poníamos en un frasquito de vidrio. Nos subíamos a los algarrobos a comer sus dulces vainas. Nos bañábamos bajo la lluvia de verano. Con el viento de agosto volábamos barriletes (volantines de papel seda) fabricados por nosotros. El algarrobo de la viudita (Méndez Arcos y Av. Ayacucho), que todavía existe, tiene un bonito cuento, era mi preferido. En la época de los frutos de las tuscas, los loros habladores (cara amarilla) llegaban en inmensas bandadas a comer sus verdes vainas amargas y jugosas. Los hondeábamos, algunos caían muertos (después de un buen hervor y fritos quedaban agradables) otros irían a parar, con suerte, a jaulas o aros de las casas. Desde la intersección de la calle del surtidor y la Av. Ayacucho, con mucha nostalgia, tome esta foto. Posé mi vista en ese único toborochi que permanecía enhiesto, plantado en el centro de la avenida, era el mudo testigo arrogante de ese bosque de ensueño que fue parte de mi traviesa niñes. Percibí que me miraba triste, con sus ramas secas y desojadas por el invierno, como despidiéndose por una muerte inminente que encontraría en las manos de algún talador municipal. Recordé lo hermoso que era, cuando florecía, cubriéndose de flores blancas acampanadas, de grandes pétales con tintes amarillentos, por donde los picaflores con sus gráciles y elegantes vuelos se acercaban a libar su néctar.